martes, 8 de octubre de 2019

Rincón poético

Poema de la ira
(Diego Alexander Vélez Quiroz (1987)


Quien te dijo, malparida,
que mi dolor es una dádiva a tu ausencia,
quien te dijo que todos los caminos se han
tornado de ida y yo esperando,
con los ojos callados, ver tus pasos de vuelta.

Quién pasó para decirte que no me queda nada
y que incluso la nada me falta, y tu presencia.
Que espejismos llevaron con sed a tus oídos
para que te acordaras lejana de mi angustia.

No, no lo creas todo porque apenas si duele,
no me juego la vida: me sangran las heridas, no lo niego,
entre el plexo solar y las negras entrañas,
tengo un vacío abierto que amenaza,(constante)
con romper mis costillas  y trasmigrar en polvo
 mí gastado esqueleto.

Es cierto también que he perdido los miembros,
dejé de usar las piernas y han perdido sentido
las cuecas de mis manos que insisten en tocar
tu dulcísimo seno (basta cerrar los ojos y recuerdo).
Sí, me estoy quedando ciego y al final
de la noche miro hacia el horizonte y apenas
 si distingo la sangre de la aurora
¿Qué te puedo decir? Me deshago.
Pero no creas todo porque todo no alcanza,
no seas ingenua y tonta,
Yo no le temo al barro.
No creas que aquí ya nada es bello,
que atardece en mil grises y que apenas la sombra
me cubre con sus fríos.

No es como la fuente de mis exhalaciones,
de todos mis respiros, se hubiera evaporado
dejándome sediento y a punto de asfixiarme,
 sin aire, sin un toque de brisa, en este atroz desierto.
¿Quién te ha dicho que muero?
Nadie, nadie se atrevería a decir que en mi casa
las aves carroñeras han fundado sus nidos
y devoran, hambrientas, las ventanas abiertas,
los marcos de las puertas, las tejas,
las cenefas, los pisos con su brillo, tus armarios vacíos,
los vasos para el agua, el jabón de lavar  y hasta la tubería.
Nadie confesaría que entre tanto despojo
pervivo yo, horroroso,
sentado en una silla que apenas si presiente
la humildad de mi cuerpo menguado
por la ausencia. (no la tuya, la mía)
.y la falta de sueño.

Nadie,  nadie, si me conoce  dirá que en esa silla,
 vegeto desde agosto, exactamente el trece
 (día de mala suerte) en que saliste airosa
arrastrando con sorna  tus falsos
ademanes de libertad de día y me dejaste preso.
Quién te dijo que espero, ahí, aquí
o en cualquier lado, anclado en el recuerdo
de una vieja caricia, del beso de febrero,
de la tarde en que impúdicos  ocultamos
las manos entre los pantalones
(yo las tuyas, tú las mías)
y tocamos con júbilo y torpes movimientos
La fuente humedecida de la vida.

¿Te parece, acaso que pienso en los detalles?
Tal vez, recuerdo claramente, podría dibujarlo,
tu desnudez sedienta vencida por mi aliento,
diciendo con los ojos: tengo  en el cuerpo un grito
que llevará tu nombre
(hoy pienso que fue falso tu grito, tal vez mi nombre)
nadie, podría jurar que nadie me reveló
el secreto que guarda mi silencio:

no puedo decir nada, ya no leo ni escribo,
le temo a las palabras, a sus precisas sílabas
y a sus corvos  acentos; me siento condenado
y es posible que pronto me quede sin empleo.
Pero estoy resignado, prefiero que el silencio
me alcance con su canto,
odio los alfabetos porque en todos, lejano,
se repite tu nombre y no puedo callarlo.

No, nadie ha dicho esas cosas,
nadie dice que aúllo cuando llega la noche
y que en este momento, justo a las nueve y treinta,
luego de ochenta versos (tal vez un poco menos)
temo que mis palabras sea en verdad un ruego
que se repite, antiguo, con la intención honesta,
de implorar tu regreso.
Tal parece que nadie te ha dicho demasiado.
Pero no se equivoca.


Para Carmenza

Éramos muchos  ya… pero faltaba una…
y una noche, cuando morían las sombras
su llanto se escuchó…fuerte,  como un grito triunfal,
como brindando  gracias  a aquella madre buena
por sus fuertes dolores, por sus grandes esfuerzos,
por sus negras angustias, por sus santos amores.

Su piel morena, color de la canela…
fuerte como una roca, inmoble y altanera,
siempre feliz, como ave montañera,
inquieta como el viento,
y noble el corazón y el alma noble.

Cimbreante el cuerpo al son de los tambores,
la cubren de alegría  arpegios ancestrales
y  su risa es clara, sonora,   radiante.

Su espléndida guitarra….amada compañera,
es fiel testigo de felices horas:
de momentos amargos, de encuentro familiares,
de tristes despedidas, de encuentros memorables.

Su  voz potente, es un canto a la vida,
es oración, es llanto  y es un grito de amor,
de paz, de libertad  y de justicia .

Y pasaron los años, y los años pasaron
como pasan las cuentas de un rosario,
nuestro pelo blanqueo, y estamos viejos ya.
Pero ella… siempre será la niña consentida,
la que un lejano día trajo a la añeja casa
alegrías infinitas, amores renovados,
sagradas esperanzas y orgullos inmortales.

Pidámosle a la vida que no nos falte nunca
su mágica presencia, su voz encantadora,
su desbordante  su canto risa  y su alegría.



SOLOS

Ven….siéntate aquí a mi lado, vamos a conversar.
No ves que estamos solos…que los hijos se fueron
a cumplir a sus destinos para no regresar.
¿Recuerdas?  La pequeña casita ayer bullente y tibia,
hoy se  encuentra  silente, entristecida y fría.
Los cuartos que antes fueron refugio de los hijos,
rondan   por sus rincones el frío del olvido.
La sala y la cocina se ven  envejecidos,
parecen ya cansados  como nosotros dos.

¿Ves la fotico aquella que está sobre la mesa?
Somos nosotros: radiantes de alegría,
plenos de juventud y ansiosos de vivir.
Tú, que hermosa eras, que dulce y candorosa,
que ingenua y delicada, eras la tierna luz de mis mañanas.
Mira:
Son tantos años ya los que han quedado atrás.
Tantas batallas en el campo de la vida.
¡Pero vencimos! Y solos, tú y yo, vamos a terminar,
Antonio Marín E.

Ambición

Quiero un cuartito blanco, donde llegue
la luz del alba  en tibios resplandores
que haya delante de  su puerta flores
y que tu mano  las cultive y riegue.

Una modesta mesa que despliegue
libros, pinceles, cartas, borradores
y alguna mirla, trémula de amores
que entre las plantas trepadoras  juegue.

Que en las atentas noches de lecturas,
cuando la quieta brisa de los campos,
el aposento inunde de frescuras.

Para asustarme llegues  de puntillas
y ante la luz de somnolientos lampos,
sobre mi hombro inclines las  mejillas.




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