martes, 8 de octubre de 2019

Para leer


Vientos de agosto
(Escritos sobre Pereira)
(Fabio Vásquez Botero 1914-1978)
Alabanza en 4 tiempos
-Tiempo 1-
En el principio era la selva
Balsámica soledad de la selva interrumpida solo por gritos de volátiles o por el vuelo sin etapas de la flecha en línea  recta hacia el ijar. Hondas, en cáscaras del subsuelo, las raíces distendían sus músculos sonoros. ¡Selva! ¡Selva! Selva anónimo de cimientes entre la actitud recóndita de los grumos. ¡Selva! Selva virgen, en la superficie cubierta  de hojas caídas, amarilla guarida de gusanos. Tupida selva virgen de cedros y laureles y nogales y robles y chaquiros. Y arriba, alta y graciosa, volante selva canora.

El indio, el primitivo indio de América cuyo origen se pierde también en selva de conjeturas, era el rey razonable de aquella violenta creación. Su talón vigoroso era amo y señor en aquel infierno vegetal. Y él amaba al bosque con salvaje amor de indio, con instintiva pasión animal, porque la manigua era su cuna, su vivienda de todos los instantes y su lecho definitivo cuando el ojo rapaz se cerraba de veras. Retorcidas lianas, híspidos bejucos lo mecían al nacer, y olorosos ébanos le daban fraternal abrigo cuando la muerte llegaba. El indio en reciprocidad, la mantenía intacta, guardándolas de las hachas colonizadoras, de la dura violación de los hierros. El mismísimo mariscal Robledo,  cuya espada conquistante hería en todas partes, retrocedió prudente  cuando quiso interrumpir  aquel ancestral coloquio. El primer intento de fundación tuvo que quebrarse ante la intrepidez del pijao. ¿Qué venían a hacer aquí extrañas gentes? ¿No eran suyos, acaso, esos extensos dominios donde hervía de vida la nueva indiada y reposaba para siempre la extinta y antigua? ¿En nombre de que fuero osaba el blanco invasor arrebatar las tierras donde el indígena refugiaba su melancolía  de siglos, su inacabable dolor de soledad?

Si, suya era la selva y suyo el derecho. Suyo en el nombre de la historia y en nombre de la tradición. Suyo en el amor, garantía que no puede enajenarse. Suyo en el diario contacto, en el cotidiano afán desde un milenio más que remoto. Suyo en la ancestral pasión por ella, selva fragante, siempre vieja en el recuerdo y siempre nueva en el hechizo continúo de sus transformaciones. Suyo en el nombre del abuelo que la poseyó sin afanes. Suyo en el del padre que la entregó pura y entera y suyo en el reclamo tácito de los indios del porvenir. Derecho sagrado, inalienable derecho que no puede fenecer sino con la extinción total de aquella raza tocada de ansias recónditas bajo el influjo de su luna verde.
-Tiempo II-
¿Pero quién podía contener  el alud español en su arrolladora  marcha aventurera? La hispanidad  reclamaba para su gloria las tierras  descubiertas por el genovés, despertando trágicas emulaciones  en los Adelantados de su Majestad. Hernán Cortés  tomaba posesión de Méjico para siempre, quemando sus naves para ser imposible el retorno. Pizarro hacia suyos  los territorios de Atahualpa. Toda América  era presa de los conquistadores, pues ya Jiménez de Quezada  tenía sojuzgado el primoroso de los Zaques  y de los Zipas, Su gran aventura, iniciada en las costas caribes. Llegaba hacia  el interior hasta las alturas de Santa Fe. Solo  el sur del nuevo país  estaba intacto. Intacto por el temor del Pijao, indio bravo y resuelto. No había de durar mucho aquel natural aferramiento. Don Jorge Robledo y Sebastián de Belalcázar  romperían aquel tierno idilio entre la selva y su hombre.  Popayán, levantada  sobre el valle de Pubenza y Cartago, fundado en las orillas  del río de la vieja, iniciaron el vencimiento final,  porque años después –abatida la fiereza del pijao- hombres blancos, colonos descendidos  de las viejas montañas antioqueñas, armaron sus chozas  sobre toda la región del Quindío Ubérrimo. Y el hacha reemplazó a la flecha. La voladora astilla  se perdió en la noche  de la derrota y un himno de hierros  cruzó la soledad de tope a tope.

¿Dónde estarán ahora, Pijao hermoso y altivo, antiguo rey de estas comarcas? ¿Hacia qué florestas lejanas arribó tu estampa heroica  en busca de soledad? ¿dónde suena ahora el tambor que tú armabas  en la piel seca de los venados nativos?¿No prendes ya fogatas para darle resplandor a la noche y holocausto panteísta a la luna? ¿En qué remoto hogar tus alfareros modelan barro al fuego? ¿En qué aire ignorado vuelan tus flechas labradas y certeras? Donde te hallares; donde te hubiere aventado la violencia  del blanco odiado y odiador, sea leve tu angustia, oh indio hermoso y triste
-Tiempo III-
Colonización, Largos días de aldea, palúdicos y enervantes. Todo en agraz –flores, frutos, niños- menos la esperanza, cuajada ya en los senos del dolor. Bajo la noche inicial, si apenas un tiple puntea el amor de un doncel por una zagala olorosa a maizal.
Tiple, tiple nuestro, musical madera. Tus cuerdas evacuaron penas hondas de abuelos. Instrumento melódico por excelencia, fuiste cosa musical y lánguida en los bohíos pajizos; demanda de amor y desespero en la andante serenata, y elixir fiero en el corazón de los hombres  bajo la gresca de los ventorros. Tú anudabas el pacto familiar haciendo eterno el  enlace por la virtud melódica. Tú hacías blando el corazón de las muchachas amadas y bárbaro y homicida el de los púgiles machos rivales Tu chorro musical aún gotea  congojas desde el perchero oxidado donde se arrinconó la irrupción asmática de los saxofones.
-IV-
 Hela aquí, ciudad portentosa, cristalización de los tiempos lindo crucero de encontrados vientos, fundidora retorta de las razas. Hela aquí, Pereira, ciudad mía y de todos, eternamente inaugurada por nuevos afanes.
Más clara estampa  no vio jamás viajero alguno. Sobre la primera cornisa  de la alta estribación que va ha morir en el gran río, empinas tu tacón con la gracia  de una mujer joven que hiciera súplicas a un Dios adusto. Nada turba tu ritmo potencial porque viejas músicas guían la armonía de tu marcha. Y aquí estarás, ´calcomanía del paisaje, retablo de navidad, altar de Dios, viva en la historia y viva en el corazón.

¡Y hasta jamás, sea grande tu gloria1

Tomado de: Colombia en marcha. Número9. Pereira, ciudad sin puertas. Cali: Agosto 30 de 1943


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