Vientos de agosto
(Escritos
sobre Pereira)
(Fabio
Vásquez Botero 1914-1978)
Alabanza
en 4 tiempos
-Tiempo
1-
En el principio era la selva
Balsámica soledad de la
selva interrumpida solo por gritos de volátiles o por el vuelo sin etapas de la
flecha en línea recta hacia el ijar.
Hondas, en cáscaras del subsuelo, las raíces distendían sus músculos sonoros.
¡Selva! ¡Selva! Selva anónimo de cimientes entre la actitud recóndita de los
grumos. ¡Selva! Selva virgen, en la superficie cubierta de hojas caídas, amarilla guarida de gusanos.
Tupida selva virgen de cedros y laureles y nogales y robles y chaquiros. Y
arriba, alta y graciosa, volante selva canora.
El indio, el primitivo
indio de América cuyo origen se pierde también en selva de conjeturas, era el
rey razonable de aquella violenta creación. Su talón vigoroso era amo y señor
en aquel infierno vegetal. Y él amaba al bosque con salvaje amor de indio, con
instintiva pasión animal, porque la manigua era su cuna, su vivienda de todos
los instantes y su lecho definitivo cuando el ojo rapaz se cerraba de veras.
Retorcidas lianas, híspidos bejucos lo mecían al nacer, y olorosos ébanos le
daban fraternal abrigo cuando la muerte llegaba. El indio en reciprocidad, la
mantenía intacta, guardándolas de las hachas colonizadoras, de la dura violación
de los hierros. El mismísimo mariscal Robledo,
cuya espada conquistante hería en todas partes, retrocedió prudente cuando quiso interrumpir aquel ancestral coloquio. El primer intento
de fundación tuvo que quebrarse ante la intrepidez del pijao. ¿Qué venían a
hacer aquí extrañas gentes? ¿No eran suyos, acaso, esos extensos dominios donde
hervía de vida la nueva indiada y reposaba para siempre la extinta y antigua?
¿En nombre de que fuero osaba el blanco invasor arrebatar las tierras donde el
indígena refugiaba su melancolía de
siglos, su inacabable dolor de soledad?
Si, suya era la selva y
suyo el derecho. Suyo en el nombre de la historia y en nombre de la tradición.
Suyo en el amor, garantía que no puede enajenarse. Suyo en el diario contacto,
en el cotidiano afán desde un milenio más que remoto. Suyo en la ancestral
pasión por ella, selva fragante, siempre vieja en el recuerdo y siempre nueva
en el hechizo continúo de sus transformaciones. Suyo en el nombre del abuelo
que la poseyó sin afanes. Suyo en el del padre que la entregó pura y entera y
suyo en el reclamo tácito de los indios del porvenir. Derecho sagrado,
inalienable derecho que no puede fenecer sino con la extinción total de aquella
raza tocada de ansias recónditas bajo el influjo de su luna verde.
-Tiempo
II-
¿Pero quién podía
contener el alud español en su
arrolladora marcha aventurera? La
hispanidad reclamaba para su gloria las
tierras descubiertas por el genovés,
despertando trágicas emulaciones en los
Adelantados de su Majestad. Hernán Cortés
tomaba posesión de Méjico para siempre, quemando sus naves para ser imposible
el retorno. Pizarro hacia suyos los
territorios de Atahualpa. Toda América
era presa de los conquistadores, pues ya Jiménez de Quezada tenía sojuzgado el primoroso de los
Zaques y de los Zipas, Su gran aventura,
iniciada en las costas caribes. Llegaba hacia
el interior hasta las alturas de Santa Fe. Solo el sur del nuevo país estaba intacto. Intacto por el temor del
Pijao, indio bravo y resuelto. No había de durar mucho aquel natural
aferramiento. Don Jorge Robledo y Sebastián de Belalcázar romperían aquel tierno idilio entre la selva
y su hombre. Popayán, levantada sobre el valle de Pubenza y Cartago, fundado
en las orillas del río de la vieja,
iniciaron el vencimiento final, porque
años después –abatida la fiereza del pijao- hombres blancos, colonos
descendidos de las viejas montañas
antioqueñas, armaron sus chozas sobre
toda la región del Quindío Ubérrimo. Y el hacha reemplazó a la flecha. La
voladora astilla se perdió en la
noche de la derrota y un himno de
hierros cruzó la soledad de tope a tope.
¿Dónde estarán ahora,
Pijao hermoso y altivo, antiguo rey de estas comarcas? ¿Hacia qué florestas
lejanas arribó tu estampa heroica en
busca de soledad? ¿dónde suena ahora el tambor que tú armabas en la piel seca de los venados nativos?¿No
prendes ya fogatas para darle resplandor a la noche y holocausto panteísta a la
luna? ¿En qué remoto hogar tus alfareros modelan barro al fuego? ¿En qué aire
ignorado vuelan tus flechas labradas y certeras? Donde te hallares; donde te
hubiere aventado la violencia del blanco
odiado y odiador, sea leve tu angustia, oh indio hermoso y triste
-Tiempo
III-
Colonización, Largos días
de aldea, palúdicos y enervantes. Todo en agraz –flores, frutos, niños- menos
la esperanza, cuajada ya en los senos del dolor. Bajo la noche inicial, si
apenas un tiple puntea el amor de un doncel por una zagala olorosa a maizal.
Tiple, tiple nuestro,
musical madera. Tus cuerdas evacuaron penas hondas de abuelos. Instrumento
melódico por excelencia, fuiste cosa musical y lánguida en los bohíos pajizos;
demanda de amor y desespero en la andante serenata, y elixir fiero en el
corazón de los hombres bajo la gresca de
los ventorros. Tú anudabas el pacto familiar haciendo eterno el enlace por la virtud melódica. Tú hacías
blando el corazón de las muchachas amadas y bárbaro y homicida el de los
púgiles machos rivales Tu chorro musical aún gotea congojas desde el perchero oxidado donde se
arrinconó la irrupción asmática de los saxofones.
-IV-
Hela aquí, ciudad portentosa, cristalización
de los tiempos lindo crucero de encontrados vientos, fundidora retorta de las
razas. Hela aquí, Pereira, ciudad mía y de todos, eternamente inaugurada por
nuevos afanes.
Más clara estampa no vio jamás viajero alguno. Sobre la primera
cornisa de la alta estribación que va ha
morir en el gran río, empinas tu tacón con la gracia de una mujer joven que hiciera súplicas a un
Dios adusto. Nada turba tu ritmo potencial porque viejas músicas guían la
armonía de tu marcha. Y aquí estarás, ´calcomanía del paisaje, retablo de navidad,
altar de Dios, viva en la historia y viva en el corazón.
¡Y hasta jamás, sea
grande tu gloria1
Tomado de: Colombia en
marcha. Número9. Pereira, ciudad sin puertas. Cali: Agosto 30 de 1943
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